........................esta segunda inocencia
que da en no creer en nada.
Antonio Machado

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jueves, 26 de agosto de 2010

Para llorar

No conviene llorar; una vez que se empieza, es prácticamente imposible detenerse durante la primera media hora; se produce una congestión de la nariz y de los ojos, y un como atragantamiento; se suele moquear más o menos abundantemente; en el mejor de los casos, se ofrece una imagen de debilidad -llorar continúa estando mal visto se quiera o no, salvo ocasiones puntuales; sobre todo si uno es un hombre; se permite en nuestro caso que una lágrima o dos se deslicen por su cuenta por la cara, pero como desentendiéndonos de ellas: pura reacción psicofisiológica a la situación dada, éso no tiene nada que ver conmigo. Llorar, llorar de verdad, como las cosas lo merecen y a todo trapo, está mal visto-. Y en el peor de los casos, podemos asustar a los seres queridos que tenemos cerca.
Pero dado que, ante determinadas circunstancias -incluso del pasado, incluso otras que han permanecido ahí toda la vida, y continúan, y habitualmente las sobrellevamos mientras trabajamos, paseamos y comemos-, ante determinadas circunstancias es preciso llorar, cabe organizarse un poco: digamos, reservar un día al mes para hacerlo. Si se vive solo y no se esperan visitas, no hay problema. Si no se vive solo, puede darse uno un paseo por algún barrio alejado o zona boscosa, o solitaria del modo que sea, y esa única vez al mes (por discriminación positiva, caba ampliar en las mujeres a dos veces al mes) llorar por todo aquéllo por lo que hemos estado conteniendo el llanto que nos pedía el cuerpo el mes anterior. Se recomienda evitar gestos que puedan degradarnos posteriormente a nuestros propios ojos, como arrancarse el cabello o dar puñetazos a la pared o los árboles. Por tratarse de una (o dos) veces al mes, no nos pondremos límite de tiempo, y daremos a los seres queridos una explicación más o menos creíble de por qué hemos salido. Volveremos a casa tras un tiempo razonable de espera tras la crisis, a fin de que nuestro aspecto se recomponga al menos en parte. Si alguien nos pregunta por él (por el aspecto) hablaremos vagamente de algún catarro.
NOTA: Se recomienda también la lectura de "Instrucciones para llorar", de Julio Cortázar.

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