........................esta segunda inocencia
que da en no creer en nada.
Antonio Machado

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sábado, 20 de noviembre de 2010

Decíamos ayer

                  En su nota -como él las llamaba- sobre las kenningar, Borges habla de su improbable o tal vez inexistente lector. Bueno, yo puedo hablar de lectores improbables (aunque para mí sin precio, cuando llegan), pero no inexistentes, puesto que llegan, o al menos éso dice el contador, e incluso alguno puede que alimente a mis peces. De modo que parto de la base de que lectores tengo.
                    Mantén vivo tu blog si no quieres que lo abandonen quienes te honran con su visita, aconsejan los gurús de la blogosfera. Pero no siempre tiene uno algo para escribir, aunque en un mundo tan informado (acaso demasaido) y lleno de sucesos es difícil no tener algo de qué hablar. Es más fácil, mucho más, que circunstancias ajenas a nuestra voluntad, es decir casi todas, no nos permitan una hora -¡una hora!- de tranquilidad para reflexionar, y media más para pasar lo reflexionado, más válido o menos, al blog.
                 Si cuando pueda regresar a este libro mío fantasmal no es ya noticia vieja, hablaría de las últimas ocurrencias de la RAE, que me irritan en la medida en que a mí me importa la RAE, es decir, en una medida mínima. Mientras la RAE exista, está en su derecho de hacer esas cosas, y los que escribimos para bien o para mal en el de hacerles más o menos caso.
                  Entretanto pasan los vendavales que a cada uno suelen tocarle en suerte, incluso a los grandes escritores relativamente ignorados, como, duermo, trabajo, me enamoro de quien no debería, me caliento, me enfrío, me mido con mis pensamientos cuerpo a cuerpo, procuro no recordar demasiado todo lo que sé. En el punto menos pensado del desierto estará el oasis. Aún tengo la vida.

lunes, 25 de octubre de 2010

Lo que pudo (pero no pudo) ser

En el ancho y sombrío camposanto
de mi memoria, en un rincón, discreta,
hay una tumba plácida y secreta
que voy a visitar de tanto en tanto.

Decansa en ella, niña cariñosa,
aquel amor que no atendió a razones,
porque lo que querían los corazones
lo impidió la cabeza temerosa.

Ay de nuestra sombría adolescencia,
ay de las precauciones y temores,
ay de tantos malgastados amores,
ay de la noche ardida de impaciencia.

¿Me recuerdas? Yo no puedo olvidarte,
y no quiero, por mucho que me duela,
y me imagino una tumba gemela
que tú visitas, en alguna parte.

domingo, 24 de octubre de 2010

Dime algo que no sepa

                   Escribió el afamado articulista, en su tétrico tono habitual, desde su melancólica torre, desde su espléndido aislamiento de la masa, desde su soledad excelsa repujada en las neblinosas tierras británicas, sobre los peligros innúmeros que se ciernen sobre los tontos que dejamos nuestros datos en Internet para que cualquiera se sirva de ellos. Y aludía entre otros al riesgo del ridículo, de que no nos tomen en serio, o incluso de que nos tomen a cachondeo.
                 Tenía razón en muchas cosas, pero en otras no. Ésto del ridículo... o de no ser tomado en serio... ¿Hay alguien a salvo? ¿Piensa el afamado articulista que todo el mundo lo toma en serio a él? ¿A Schopenhauer? ¿A Baudelaire? ¿A Borges?
                   Si lo piensa, se equivoca. Está errado, y a lo peor con hache, como decíamos en nuestra infancia. Nadie que aspire por principio a ser tomado en serio podría hablar o escribir nunca. Cabe ir más lejos: cabe pensar que mucha gente no se tomaría en serio a alguien que nunca hablara o escribiera. Risus abundat in ore stultorum, y de ésto sí que hay para todo el mundo.
                  Hablemos, escribamos si nos viene en gana; no hace falta que demos nuestra dirección ni nuestro número de teléfono, en éso el melancólico articulista tenía razón. Pero en una sociedad en la que se ha establecido la convicción, que dejaría con la boca abierta a nuestros mayores, de que el que nuestros votos en la urna valgan lo mismo significa que todos valemos lo mismo, siempre habrá alguien que no nos tome en serio. Y encima, si empleamos el tiempo libre en leer o escribir...

sábado, 23 de octubre de 2010

He soñado contigo

                  He soñado contigo, aunque no hubiera debido por muchas razones; pero sólo en los sueños somos libres, puesto que no están sometidos al imperio de la ética.
                 Estábamos hombro con hombro sentados, supongo que en alguna celebración, y de pronto apoyaste la cabeza en mi hombro y luego me abrazaste, y yo volví a sentirme joven,  y te abracé a mi vez, pero pensé: no, no, no te apoyes en mí, que no sabré protegerte. Ya lo ves. Ni a mi mismo he sabido protegerme. No soy para ti, no te apoyes en mí, no soy sólido, no soy el que buscas.
2030

El hombre es una pasión inútil
Jean-Paul Sartre

Soy el mundo. Aunque tú te hayas ido,
yo giro y giraré regularmente:
noche y día se suceden mansamente;
tu nombre se diluye en el olvido.
Se suma lo que fuiste -levemente-
a ese ingente glaciar de lo que ha sido.
Lo que más has pensado y has querido
ceniza y polvo son: perpetuamente.
Esas noches que sufriste despierto,
esas tristezas, esas albas bellas,
esos pesares y esas alegrías,
no son ya ni memoria de los días;
sólo quedan de ti unas pocas huellas
sobre la arena ardiente del desierto,

y aun esas huellas los vientos borraron:
nadie sabrá qué pasos las dejaron.

lunes, 11 de octubre de 2010

Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!…
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero…
-la tarde cayendo está-.
“En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón”.
Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.
La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea
se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir:
“Aguda espina dorada,
quién te pudiera sentir
en el corazón clavada”. 

Antonio Machado

domingo, 10 de octubre de 2010

Pesadilla

             Cada diez días es el mismo sueño. No sé dónde sucede; creo que es un hotel de Amiens, o de Colonia, o de Tetuán. Una mujer muy joven y muy hermosa, desnuda, sentada en una cama cubierta con una sábana roja, lee frente a mí, en una hoja de papel A-3, uno de mis poemas (no sé cuál). Tiene los ojos empañados y me dice: "Es precioso, es precioso..." Repite esta frase continuamente, con una pausa de algunos segundos, y sin decir ninguna otra cosa.
    Yo no me canso de oírla ni de mirarla, pero pasados diez años tengo que admitir algo de lo que me di cuenta al poco tiempo: dos o tres centímetros por debajo de la rodilla, sus bellísimas y largas piernas se transforman en patas que terminan en pezuñas de un marrón oscuro casi negro.
            Entonces tengo miedo y quiero salir de la habitación, pero la habitación no tiene puertas ni ventanas. Me doy vuelta para no mirarla; quiero estar en mi casa, con mi gente, escribiendo en la vieja mesa; busco mi bolígrafo y mi libreta, pero cuando miro mi mano veo que no está, que el brazo termina en la articulación de la muñeca. La muchacha no ha parado de repetir la misma frase. La miro de nuevo y veo que sigue igual, pero su cabeza está invertida, y las lágrimas caen por la frente y por el largo cabello rubio que se derrama sobre los senos.
            Me despierto físicamente enfermo, y con deseos de que mis compañeras falten al trabajo y esté yo solo y haya mucho  quehacer, y me doy una ducha helada y recorro todos los canales de televisión y me acuerdo de mi infancia, cuando rezaba.